Reyes y reina

Rois et reine (Arnaud Desplechin, 2004)

rois

La melodía es la de “Moon River”, pero la calle no es la Quinta Avenida de Nueva York ni la mujer que baja del taxi con su desayuno, Audrey Hepburn. Lo que en cualquier otro podría parecer una simple cita cinéfila a medida, en el film de Arnaud Desplechin se convierte en un desinhibido acto de reciclaje narrativo que ensambla los elementos de su relato sin necesidad de coartadas. Desplechin hace uso voraz y legítimo de la tradición cultural venerada por el hombre del siglo XX —desde la mitología griega hasta el hip hop— con el fin de contar una historia de ahora por alguien de hoy que no vive ajeno, pero tampoco aferrado, a su pasado. Una historia, la de Reyes y reina (Rois et reine), que mezcla a partes iguales lo trágico y lo cómico, que comienza dividida en dos tramas bien diferenciadas alternándose paulatinamente hasta llegar a ser una misma. Por un lado, la acción se centra en Nora (Emmanuelle Devos), una mujer de posición social acomodada, encargada de una galería de arte, cuyo bien más preciado es su hijo de diez años, fruto de una relación con un primer marido que murió antes de nacer él. Sin embargo, a punto de contraer matrimonio por tercera vez con un rico hombre de negocios, propone a su anterior pareja la adopción de Elías; al mismo tiempo, Nora sufre la agonía de su padre, escritor. Por otro lado, Ismael (Mathieu Amalric) es un músico internado en un hospital psiquiátrico por un motivo aparentemente arbitrario y que cree sufrir una conspiración contra su persona favorecida por un entorno familiar y humano totalmente delirante.

Atravesada por las grandes preocupaciones temáticas del teatro de todos los tiempos —de Shakespeare a Ibsen—, Rois et reine toma forma de un caleidoscópico relato que se apropia de todos los recursos imaginables y los reelabora con desenfadada y vertiginosa eficacia. La entrevista a cámara, con la que Nora empieza y concluye la película, convive con la estilizada representación en un escenario de teatro desnudo o con la incontinencia bufa de la exhibición de hip hop de Ismael. La presencia simultánea de diferentes maneras de abordar la dramaturgia potencia, en última instancia, la verosimilitud de la narración. Por ejemplo, la mencionada abstracción en el teatro que escenifica la última disputa entre Nora y su esposo fallecido, Pierre, reforzará, por inesperado contraste, el realismo del disparo que pone fin a la vida de éste. Asimismo, los frecuentes flash backs o las escenas oníricas se introducen con recurrente naturalidad en la acción, como la visita a Nora de un Pierre fallecido diez años atrás mientras se encuentra en la sala de espera de un hospital.

Es patente el interés de Desplechin por el mundo del actor y las complejidades de su trabajo; ya en sus dos anteriores largometrajes, Esther Kahn (2000) y En jouant “Dans la compagnie des hommes” (2003), abordaba directamente el oficio del actor escénico —en una desde la perspectiva de un film de época y en otra por la vía de una especie de ensayo experimental—, y es posible asegurar que gran parte de la riqueza de sus films se debe a la complicidad que establece con ellos. En Rois et reine subordina la convenciones de la ficción a profundizar en las inflexiones de sus actores y rentabilizar al maximo cada una de sus apariciones. El vehículo por excelencia de la narración cinematográfica que es el corte del montaje, no es ya sólo una sutura narrativa y dramática, sino que forma parte misma de la experimentación emocional de los personajes —con saltos en el eje o la utilización de varias tomas alternativas sin continuidad para mostrar una misma acción en lugar de una sola, como es habitual—, en una especie de ballet total que alcanza cada recodo del film.

Jaime Natche

Publicado en Miradas de Cine nº 64, julio de 2007, dentro del estudio Europa XXI.