Forajidos

The Killers (Robert Siodmak, 1946)

«Éste no es un simple asesinato. Dos asesinos a sueldo van a un pueblo y matan a un tipo en una gasolinera; a un don nadie. No hubo intento de robo. Sólo iban a una cosa, a matarle. ¿Por qué?». De este modo, el encargado de investigar un caso de asesinato resume, transcurrido un tercio del metraje, la incógnita que moviliza la acción de Forajidos (The Killers, Robert Siodmak, 1946) y que es, ni más ni menos, el argumento del relato corto de Ernest Hemingway —The Killers, publicado en 1927— que sirvió de base narrativa a la película y que luego sería revisitado por Andréi Tarkovski (Ubiytsy, 1958) y Don Siegel (Código del hampa, The Killers, 1964). Ese «¿por qué?», misteriosamente omitido por Hemingway, es lo que justifica el desarrollo de la película tras una adaptación a imágenes casi literal del relato. Los primeros trece minutos del film, en efecto, dramatizan con sobriedad la llegada de los asesinos a sueldo al restaurante de una pequeña ciudad interesándose por Pete Lunn, “El Sueco”, manteniendo la espesura de los diálogos de Hemingway y el mismo respeto por la unidad aristotélica de lugar, tiempo y acción que, sin embargo, estalla en un caleidoscopio de puntos de vista y deslizamientos temporales cuando se produce el asesinato con el que concluye la acción del cuento.

Para inventar una continuación posible al The Killers de Hemingway, el productor Mark Hellinger contó con la ayuda del guionista Anthony Veiller, al que se sumaron, de forma no acreditada, John Huston y Richard Brooks. La narración retrospectiva, que el investigador propicia con el fin de esclarecer la trayectoria personal de “El Sueco” hasta su muerte, utiliza el procedimiento prestado de Orson Welles en Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), con su encuesta de fragmentados testimonios a personas que conocieron al difunto. Si en Ciudadano Kane la última palabra pronunciada por el magnate era «Rosebud» y el objeto que caía de sus manos, una bola de cristal con un paisaje nevado en el interior, en Forajidos Pete Lunn se despide con un «Hice algo malo una vez», mientras sostiene un pañuelo verde con el dibujo de un arpa dorada. Palabras y objetos descolgados de un tiempo perdido u olvidado que ahora habrán de encontrar su lugar en un puzzle de piezas dispersas.

Aunque la ambigua subjetividad que genera el relato construido desde diferentes perspectivas sumerge la película en una brumosa ensoñación, Hellinger y Siodmak quisieron, no obstante, dotar de una vocación realista a sus imágenes. En este sentido, es significativa la recurrencia a retratar el ambiente de los combates de boxeo o el submundo de los pequeños delincuentes —detalllismo costumbrista, por supuesto, ausente del cuento de Hemingway, aunque constante en la novela negra popular de la época—, así como la búsqueda de dos rostros desconocidos —los por entonces debutantes Burt Lancaster y Ava Gardner— con el objetivo de proporcionar verosimilitud a la representación visual de los hechos. Esta voluntad por buscar una expresión casi documental de lo relatado tiene su momento culminante en la secuencia del robo a las oficinas de la fábrica de sombreros “Prentiss”, mostrada en una toma ininterrumpida que ilustra minuciosamente al texto leído en off de la crónica periodística del suceso. Una secuencia que, por lo demás, funciona a contrapelo en el mecanismo de una película donde las imágenes surgen de la confluencia de voces distintas e inciertas, que se recrea en una poética de lo fragmentario para manifestar, finalmente, la dificultad de construir historias, de conocer realmente a las personas —“El Sueco” es identificado sucesivamente como Pete Lunn, Mr. Nelson y Ole Andersen, según el testimonio; sobre decir que Ava Gardner encarna a una engañosa femme fatale—. Es posible creer, viendo The Killers, a Jean Epstein cuando, desmontando el mito clásico, dice: “No hay historias, nunca ha habido historias; tan sólo acontecimientos sin pies ni cabeza, sin principio ni fin”.

Jaime Natche

Publicado en Miradas de Cine nº 78, septiembre de 2008, dentro del estudio Los años 40.

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