El árbol de los zuecos

L’albero degli zoccoli (Ermanno Olmi, 1978)

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Dice Ermanno Olmi en una entrevista publicada en “Dirigido por” (nº 66, 1979): «Yo quiero contar historias de gente que, para los que hacen la Historia, son sin historia: empleados, obreros, contratistas, todos aquellos que casi nunca son presentados como protagonistas». Su octavo largometraje ahonda en este afán por mostrar en escena a aquellos que han constituido el fuera de campo de la Historia y le lleva al área rural del Bérgamo, donde se propone reproducir la cotidianidad de una comunidad campesina a finales del siglo XIX. Para ello recurre a actores no profesionales, encontrados en el mismo lugar donde se sitúa la acción y dedicados también al oficio de la tierra, que además no intentan disimular su dialecto bergamasco en el que se comunicarán durante la película. La acción de El árbol de los zuecos se desarrolla en torno a una casa vecinal donde, según la costumbre lombarda de esa época, varias familias convivían a merced de un patrón, al cual se debían con su trabajo en el cultivo de las tierras y el cuidado de los animales. Con un hilo conductor muy tenue, en el que apenas destacan unos personajes sobre otros, la primera mitad del film se compone de escenas de la vida diaria de los campesinos: la recogida del maíz, su desgranado, la fabricación de la harina, la llegada de un vendedor ambulante de ropa, la matanza del cerdo—episodio este último que, por cierto, causaría polémica en un sector del público de Cannes debido precisamente a la franqueza de su relato, al poner la cámara a la altura de los ojos del campesino—. Como fondo, pequeños aconteceres personales de los miembros de la comunidad, con dramas que no desencadenan conflictos sino que, por el contrario, son asumidos con la aceptación de quien vive de la naturaleza: un adolescente que acaba de perder al padre y encuentra trabajo en el molino; otro joven que por fin logra entablar una breve conversación con una muchacha a la que persigue denodadamente día tras día… Mientras estas vidas se mueven con el devenir cíclico de las estaciones, la devoción católica ocupa un lugar prominente en sus ritos diarios y en los designios de cada familia—así, el film comienza con la conversación entre unos padres y el cura, que aconseja inscribir a uno de sus hijos en la escuela; en otro momento, unas niñas pueden pasar a manos de las monjas para afrontar la pobreza—. Cuando ha transcurrido algo más de la mitad de la película, al niño de la conversación inicial se le rompe uno de sus zuecos de camino a casa; su padre deberá buscar, en los alrededores, el tronco de un árbol para fabricarle otro par de zuecos, hecho que mantiene en secreto hasta que el capataz descubre la tala y a su autor. El árbol al que hace referencia el título es, pues, el de ese breve incidente que resulta irrelevante en el conjunto del film pero que determina el desenlace inevitablemente, oponiendo el egoísmo del hombre al contexto de gratitud de la madre naturaleza.

Además de dirigirla, Ermanno Olmi se ocupó de la dirección de fotografía y del montaje de El árbol de los zuecos, lo que quizás explica que todo en el film sea un prodigio de cohesión expresiva y observación, y que al respecto haya secuencias particularmente emotivas—como las apariciones del retrasado en la casa en busca de caridad o el ofrecimiento para adoptar un niño en el viaje de los novios a un convento en Milán, tras la noche de bodas—. Sirviéndose de una fotografía austera, que se posa respetuosamente sobre acciones y miradas, sin más iluminación que la que desprende cada situación, y fragmentando cuidadosamente la realidad dada en unidades sencillas, Olmi consigue restituir a la vida corriente el misterio de lo inasible.

Jaime Natche

Publicado en Miradas de Cine nº 74, mayo de 2008, dentro del estudio Cannes: 68 Palmas de Oro.