Crónica de un encuentro

En una emotiva crónica que publica Sala 1, Revista Digital de Cine  sobre el reciente 3XDOC – Encuentro de creadores en Filmoteca Española organizado por DOCMA se dice:

Mostrar en paralelo las cinematografías de Avi Mograbi y Ahmad Natche es una decisión lúcida.

Natche encuentra en lo poético la piedra angular de su relato. Two Meters of This Land talla la miniatura, el detalle cotidiano como crisol de un contexto que no cabe en las manos.

Se puede leer íntegra aquí.

Entrevista en Revista Minerva

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Este semestre me podéis encontrar en la Revista Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid hablando de cine y de Palestina. En las páginas de este número, además, disfruto de la muy buena compañía cinematográfica de dos Jacques: Rivette y Tati.

La revista se adquiere en papel, pero aquí se puede leer mi entrevista en digital.

Crítica en Cinéfilo (Argentina)

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Verano en Ramala

por Lucía Salas

Una de las primeras escenas de Dos metros de esta tierra (Ahmad Natche, 2012) termina con un director de televisión palestino poniendo en su lugar a una periodista francesa de una forma tan serena y elegante que casi ni se nota. Rauf y Noemí están trabajando juntos para la televisación de un festival de música popular palestina que va a suceder ahí, en Ramala, esa misma tarde. Están eligiendo fotos de fedayines para el programa y si bien la relación es cordial, no coinciden mucho. Además, usan el inglés como idioma en común pero por momentos se complica. En un momento Noemí se muestra un poco sorprendida y molesta con la cantidad de mujeres y niños fedayines que se ven en las fotos y le pregunta a Rauf si a él le molestaría que su esposa o su hermana fueran combatientes. Rauf le contesta con una pregunta: ¿estamos hablando de ahora o del pasado? Noemi le contesta que no importa y él le responde, un poco entre puntos suspensivos, que estaría bien y que cada una podría hacer lo que quisiera. Ahí la francesa le responde OK y se queda un poco risueña, como si hubiera ganado una especie de debate que en verdad perdió, y que Rauf intentaba explicarle de alguna manera que no es lo mismo 1948, 1978 que 2012 y que para él la revolución no es una cosa de bárbaros sino una responsabilidad compartida.

Ahmad Natche es un español de Sevilla de más o menos 40 años, de madre española y padre palestino, que estudió ahí comunicación audiovisual y luego Montaje en la EICTV en Cuba, filmó su primera película en Hebrón, la última en Ramala, colaboró como crítico en varias publicaciones, programó en 2010 una muestra de cine palestino para la Casa Árabe de Madrid y en 2014 una en Buenos Aires. Sus primeros trabajos fueron firmados con su nombre hispano, Jaime, aunque ahora prefiere su nombre árabe y reunió sus experiencias en torno a hacer su primera película en el blog anatche.com. Ahí dice que somos fruto de la acumulación de conexiones.

En una cadena de mails con motivo de hacer una retrospectiva suya junto con un foco de cine palestino (Una Palestina en construcción, a través de sus imágenes y sonidos), me escribió que si bien todos sus trabajos partían de las mismas inquietudes formales, no todos tratan del tema que nos convocaba salvo su primer corto, La llamada de las piedras (Hebrón, 1998, sobre un programa de recuperación de viviendas en la zona) y su primer largometraje, Dos metros de esta tierra (Ramala, 2012, sobre la preparación de un festival de música popular palestina en un teatro en las afueras de la ciudad), y que por lo tanto no sabía si era del todo pertinente, lo cual no es del todo cierto.

Volvamos a la francesa, que no siempre está mal ubicada. En un momento se decide por una foto porque dice que en ella hay unos muchachos que parecen estar esperando pero, al no saber qué es lo que esperan, uno empieza a imaginar cosas. Es algo que pasa mucho en el cine de Natche: hay alguien que espera. A veces sabemos qué (un colectivo, que se solucione un problema de sonido, a los Rolling Stones) y otras no, pero siempre se vuelve claro que la cosa va por otro lado y que tiene que ver con poder imaginar, con poder darse el tiempo de completar cada uno esa espera, lo que produce una serenidad bastante placentera.

En las películas de Natche hay un interés muy grande por ver eso que pasa antes de un evento (un recital, un viaje) que lleva mucho trabajo y paciencia. Parte de la espera activa implica realizar la propia tarea sabiendo que es una pieza más de una tarea colectiva. Aunque la japonesa que saca fotos y el viejo que hace café en la cocina jamás se crucen, existen en ese recital que está por suceder. Esto funciona también para la resistencia contra la ocupación israelí: no existe sólo en la lucha armada sino también en habitar cada día un espacio, volverlo habitable, poner en escena lo cotidiano y apacible como algo no sólo posible sino existente. Lejos de otras formas de representación de Palestina, en la Ramala de Natche se estudia, se trabaja, se charla, se escucha música y sobre todo se piensa (el pasado, el presente y el futuro; lo filmado, lo que se está filmando y lo que se filmará).

Esto tiene que ver con otro punto fundamental del cine de Ahmad Natche: todo sucede en simultáneo. En uno de los cortos que filmó en Cuba, El extranjero (2000), dos chicos esperan un colectivo que nunca llega. Lo primero que vemos es el camino que hizo el chico entre rutas y pastizales hasta la parada y una vez que los encuadra juntos comienza un flashback del momento en que la chica se fue de su casa, en otro código totalmente distinto: de él veíamos su figura recorriendo el plano, de ella vemos su sombra proyectada sobre los objetos de la casa que está dejando. Uno vuelve y el otro se va, dos correlatos de una misma espera, simultánea.

En Dos metros de esta tierra cada secuencia se ocupa de lo que pasa entre las personas que trabajan para que el recital suceda. El tiempo se dilata porque vuelve atrás cuantas veces sea necesario para poder desgranar cada componente de la preparación. De Noemi y Rauf pasamos a su asistente, de la asistente a los chicos que ordenan folletos, de ahí a los que arman el sonido, los que acomodan las sillas, el que toca el laúd. Todo como  una carrea de postas, pero más caminata que corrida. Natche sabe que no es posible (ni deseable) mostrarlo todo, y lo usa bien. Fragmenta la acción en secuencias que conviven, todas en un mismo período de tiempo. Va saltando de trama en trama en relación al espacio que cada una delimitó para sus acciones y así plantea una forma de organizar el mundo, casi sin jerarquías y en base a acciones pequeñas y concretas. Es como dicen en un momento dos de sus personajes hablando sobre poesía: toma algo pequeño y lo vuelve enorme. Es una cuestión de tiempo y espacio, de distancias y contextos, de identidad personal e identidad nacional.

En la última escena de la película, un bailarín que había pasado gran parte de la espera en el teatro contándole a una compañera que ahí cerca estaba la tumba del poeta palestino Mamoud Darwish, aprovecha un desperfecto de sonido para proponerle visitarla. Arriba, solos frente a la lápida, le pregunta si conocía su poema “Mural” y le recita la última parte: Me bastarían sólo dos metros de esta tierra / un metro setenta y cinco para mí / y el resto para la flor de colores confusos / que, despacio, me sorbe / y es mío aquello que fue mío / mi ayer y lo que será mío / mi mañana lejano, la vuelta de mi espíritu errante. / Como si nada hubiera sido, / una pequeña herida en brazos del frívolo presente / mientras se ríe la Historia de sus víctimas y sus héroes / a quienes mira de reojo, y se va. / Este mar, mío, este aire húmedo, mío, / y mi nombre, incluso si fallo al pronunciarlo sobre el ataúd, es mío. / Mas ahora, tras haberme llenado de todos los motivos de la marcha, / no soy mío / Yo no soy mío / No soy mío. En seguida, antes de que alguien pueda decir algo más, los llaman a ensayar y corta el plano a uno más general en el que se los ve corriendo hacia el ensayo. Cuando ellos ya se fueron la cámara empieza a panear y se percibe que ahí, detrás de unas montañitas, está Jerusalén. Y ese paneo, que más que de ida parece un paneo de vuelta, nos lleva de nuevo al principio de la película, con unos fedayines que muchos años después de 1948 reaparecen en la pantalla, sin nostalgia sino con acción pura. Con la belleza y la simpleza de algo que contiene la esperanza de un pequeño cambio, algo que antes no estaba y ahora existe, una tarde de verano en Ramala.


Crítica publicada originalmente en Revista Cinéfilo nº 18, Argentina, noviembre 2014.

Entrevista en Cinéfilo (Argentina)

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Ahmad Natche y Dos metros de esta tierra

Empecemos por un poco de historia familiar. Según leí, sos español-palestino. ¿Cómo estaba compuesta tu familia? En tu blogdiario decís: “Somos fruto de una acumulaación de conexiones”

Nací en Sevilla, de madre española y padre palestino. Como otros palestinos a finales de los años sesenta, mi padre viajó para estudiar en Europa. En aquel momento, a España llegaban muchos jóvenes medio-orientales —y, en concreto, palestinos— atraídos por un clima mediterráneo cercano al de su tierra. Tras pasar un año aprendiendo la lengua, la mayor parte de ellos, al igual que mi padre, empezaban a estudiar medicina, que es una de las carreras con mayor prestigio dentro del mundo árabe. Pero mi lengua materna es el castellano, y crecí como un español más. Mis relaciones con las raíces palestinas fueron muy distantes hasta mi primer viaje a Palestina.

¿Cuándo y cómo fue la primera vez que fuiste a Palestina? ¿Fue en el momento en que filmaste tu primer trabajo, La llamada de las piedras? Faltaba poco para la segunda Intifada…

Viajé por primera vez en 1995, con veinte años, fundamentalmente con el propósito de conocer a mi familia paterna, que es de Hebrón, en el sur de la Cisjordania ocupada. Allí encontré un mundo absolutamente nuevo para mí. No sólo personas con vínculos muy próximos con los que nunca había estado, que eran muchas porque allí las familias son por lo general muy numerosas, y para los que, de repente, eras alguien muy importante. También una situación de ocupación militar que conocía vagamente a través de lo que nos llegaba por los medios de información. Fue a raíz de ese viaje cuando me sentí realmente comprometido con mi mitad palestina. En la universidad empecé a estudiar la lengua árabe, de la que hasta entonces había aprendido algunas nociones en España, en paralelo a la carrera de Imagen y Sonido.

Un par de años más tarde, en un nuevo viaje a Palestina, colaboré con una escuela de televisión cercana a Hebrón y realizamos el pequeño documental que mencionas. Para entonces ya sentía que mi trabajo estaba irremediablemente ligado a aquella tierra. Desde luego, filmar allí era lo que más motivaba como cineasta y pienso que era moralmente más importante que hacerlo en España, por ejemplo. En efecto, faltaban pocos años para la segunda Intifada, aunque nada hacía presagiar su magnitud.

A la primera Intifada se la llamó La guerra de las piedras, ¿tiene que ver en algo con el título? Me hacer acordar a un momento de Les chebabs de Yarmouk en el cual uno de los protagonistas dice que el campo crece hacia arriba, porque construyen casas sobre las casas de sus padres. ¿Te pensás igual de combativo que en ese entonces?

La llamada de las piedras trataba de un programa de rehabilitación que estaba ejecutando el ayuntamiento de Hebrón para acondicionar las viejas casas del barrio antiguo de la ciudad. Son viviendas cuyas piedras habían aguantado firmes muchos cientos de años pero que, sin embargo, se estaban empezando a quedar vacías y a deteriorar por el acoso de los colonos israelíes. Hebrón es la única ciudad de los llamados territorios ocupados de Cisjordania donde hay una colonia israelí implantada en pleno corazón de la ciudad, donde se halla el templo de Abraham, un lugar sagrado para musulmanes y judíos. Es una colonia protegida además por un ingente dispositivo militar. La connivencia de colonos y soldados genera un clima de tensión irrespirable en el barrio antiguo, que llegó a su punto más trágico en 1994, cuando un colono entró armado en la mezquita del templo de Abraham y causó una matanza entre los palestinos que rezaban en ese momento.

El documental trataba de retratar la vida cotidiana en ese barrio y los intentos de sus habitantes de seguir enderezando las piedras de sus casas para vivir como sus padres y abuelos, a pesar de las circunstancias que imponía la ocupación israelí. Las familias viven en la misma casa durante generaciones y más generaciones; y las nuevas parejas construyen su vivienda sobre la de sus padres.

No estoy seguro de cómo se manifiesta mi espíritu combativo en lo que soy o en lo que hago. Sí siento que debo llamar la atención sobre ciertas cosas que de otro modo pasarían desapercibidas. Éste es el principal impulso que sigo como cineasta.

Cuando comenzamos a pensar en hacer la retrospectiva me dijiste que, si bien todos tus trabajos comparten las mismas inquietudes formales, el único que comparte inquietudes temáticas con Dos metros de esta tierra es La llamada de las piedras. Yo creo que hay un gran salto formal entre La llamada de las piedras y El extranjero, tu trabajo siguiente, que no sólo tiene que ver con el dominio de una técnica.

La llamada de las piedras era un intento de hacer una realización abiertamente documental y apropiada para emitir en televisión, pues era una escuela de televisión la que lo producía. Por ello, trataba de no transgredir un cierto código, aunque en general haya una voluntad de ir más allá en el planteamiento del tema; por ejemplo, de mantener la cámara sobre las personas más tiempo de lo que esos códigos consideran necesario. En realidad, hay una gran diferencia de objetivos entre este primer trabajo como director y Dos metros de esta tierra, aunque los dos estén filmados en Palestina.

Hablando del dominio de una técnica, ¿cómo te llevás con las cuestiones técnicas del cine? ¿Tenés algún oficio? ¿Cuál es tu trabajo habitual?

Tras formarme como montador en la EICTV de Cuba, he ejercido esa profesión con mayor o menor regularidad. Lo que pensaba del montaje al decidir estudiarlo, que se trata de una “segunda dirección”, o que dirección y montaje son la cara y la cruz de la misma moneda, más que etapas separadas, es algo que no ha cambiado desde entonces.

En tu texto de introducción a la muestra de cine palestino hablás de que luego de la derrota de 1967 Palestina toma una nueva conciencia y eso trae una imagen propia. Por esa misma época gran parte de las organizaciones armadas revolucionarias del mundo se unen a la lucha palestina, incluso Masao Adachi, Koji Wakamatsu o el Grupo Dziga Vertov formaron parte del brazo de cine del FPLP, ¿creés que esto tuvo algo que ver con la contrucción de la imagen de Palestina?

La revolución palestina corre de modo paralelo a otros movimientos de emancipación popular en el Tercer Mundo y Latinoamérica. En el caso de los palestinos, es un movimiento que surge afuera de la tierra que se quiere liberar, en Jordania y Líbano, protagonizado por los refugiados y los descendientes de esos refugiados que provocó la creación de Israel en 1948. Y, como sucede con otras revoluciones de carácter popular, en Cuba o Argelia, a ellas acudieron militantes y artistas con la intención de documentar y defender el proceso. Desde luego, la experiencia de estos cineastas no fue en vano en la mayoría de los casos y se convirtieron en precedentes a seguir.

Realizaste en 2010 una muestra de Cine Palestino en la Casa Árabe de Madrid y ahora, en el 2014, realizás otra en Argentina. ¿Qué creés que cambió en el cine palestino en estos últimos años?

Intento estar atento a todo el cine que se hace en la región, y aprovechar mis estancias en Palestina o Jordania para conocer a nuevos cineastas y ver sus trabajos. Desafortunadamente, no puedo ver todo lo que se hace, aparte de lo que llega a España que es muy poco. Diría que la producción es muy plural. Lo que comúnmente se entiende como “cine”, es decir, un sistema de producción industrial, casi no existe en Palestina. Las pocas películas que se filman cada año están producidas por otros países. Sí hay muchos realizadores de video que tratan de aportar una perspectiva diferente al de los medios de comunicación, y la naturaleza de estos trabajos es muy diversa. Tal vez una diferencia que se fue produciendo estos años es que cada vez hay un mayor control de la calidad técnica, aunque por supuesto esto no garantice buenos films.

También citás ese momento de Nuestra música donde Godard dice que a partir de 1948 los judíos se transforman en ficción y los palestinos en documental. ¿Consideraste esto para hacer una película un tanto hibridada como lo es Dos metros de esta tierra, en cuanto a estas categorías?

En mi trabajo como director trato de no plantearme demasiadas premisas conceptuales antes de comenzar a filmar. Intento filmar aquello que me parece importante de la forma que me parece más apropiada, y de encontrar la inspiración en la vida real de un modo lo menos mediatizado posible. En este sentido, prefiero trabajar con elementos —actores, espacios— poco manipulados, aunque no necesariamente documentales. Pero no creo que esta decisión se deba a que trabajo en Palestina porque mi planteamiento es esencialmente el mismo en todos los lugares donde filmo.

¿Por qué elegiste filmar en Hebrón y luego en Ramala? ¿Cómo elegís las ciudades?

Hebrón es una ciudad que conocía bien porque es donde vive mi familia. Y pasé mucho tiempo allí que aproveché para la realización de mi primer documental. Ramala es la ciudad en la que en siguientes etapas de mi vida pasé más tiempo y se le considera la capital económica y social de Palestina. La elección de las ciudades depende de un conocimiento previo muy continuado. Antes de empezar a filmar me gustar asegurarme de todas las posibilidades de un lugar, y esto sólo se consigue tras haber vivido un tiempo allí.

En tu blog-diario mencionás que trabajaste con Elia Suleiman, ¿cambió eso tu percepción de la historia y del espacio?

No creo. Elia Suleiman es un director que me interesa dentro del panorama actual del cine árabe, y la decisión de pasar unos días en el rodaje de The Time that Remains surge de la voluntad de conocerle y saber más sobre su modo de trabajo, que es muy diferente al mío. La suya era una aparatosa producción con un enorme equipo técnico y humano, en las antípodas de mi rodaje. Aunque me interesa su cine, no creo que me haya influido en mi modo de hacerlo.

¿Cuáles son tus referentes? ¿Te ves emparentado de alguna manera a España, cinematográficamente? ¿Te pensás como parte de alguna generación?

Mis referentes son múltiples. Reviso continuamente el cine mudo porque ahí están las raíces de todo lo que viene después. Chaplin me sigue pareciendo el mayor cineasta de la historia. Y el cine clásico es una fuente constante de aprendizajes. Digo clásico porque están alejados en el tiempo, pero me parecen tan modernos como el más actual: Murnau, Dreyer, Ozu, Bresson, Rossellini… Algunos con los que más disfruto no tienen mucho que ver con el cine que hago. Por ejemplo, Douglas Sirk, Hitchcock, Ophüls, Mizoguchi… que es un cine muy elaborado. Tengo en gran estima a algunos cineastas españoles, tal vez es a Víctor Erice a quien más admiro, pero no me siento especialmente cercano a ninguna escuela o cine nacional.

En Dos metros de esta tierra hay varios planos donde los personajes aparecen situados frente a un paredón, que pertenece al espacio donde será el recital que preparan. Este muro me hizo acordar al muro de separación israelí y pensaba en dos representaciones diferentes de este muro: el salto con garrocha de Suleiman en The Time that Remains, y el chico subiendo por una soga a toda velocidad en Omar de Hany Abu-Assad. ¿Qué pensás de este tipo tan opuesto de representaciones?

Sí, en efecto es un muro que podría parecer el muro de separación israelí, pero que pertenece

al espacio del teatro al aire libre donde se desarrolla la película. Yo también podría haber elegido filmar el verdadero muro que fractura Palestina en dos (está relativamente cerca de donde rodamos), pero decidí que no movernos de nuestra localización daba más fuerza al concepto de la película, justamente mediante el poder de lo sugerido.

Otro ejemplo: en Suleiman los espacios abiertos suelen ser los de la calle, y detrás de puertas de metales aparecen las casas privadas, como universos privados, ocultos y ultrajados. En cambio en las películas de Hany Abu-Assad se reproduce una lógica de pasillo, que tiene que ver con tener muchas escenas de persecución, y de representar al espacio como algo muy reducido y espectacularizable. En tu película, es espacio donde todo transcurre es amplio y abierto, pero delimitado.

Mi película trata esencialmente sobre un espacio, más que sobre la gente que lo habita de forma transitoria. Primero mostramos el interior del teatro y luego el exterior, y todo sucede virtualmente en tiempo real, en una única tarde de verano, lo que también subraya la presencia de este espacio. Considero que la habitación del espacio es el principal problema de la vida cotidiana de los palestinos y quería poner esto en primer plano. Me planteé mostrarlo de la forma más adecuada posible en cada momento, y que expresara lo máximo posible dentro de su limitación.

En tus películas siempre suceden una multiplicidad de cosas simultáneamente, que parecen ser descompuestas en pequeñas situaciones que se van pasando unas a otras, avanzando y retrocediendo en el tiempo. De esto me sorprende que vos seas tu propio montajista, ¿cómo pensaste estas pequeñas  estructuras? ¿Cómo pensás el orden, hay alguna jerarquía?

Como decía antes, en Dos metros de esta tierra todo sucede en una sola tarde, sin saltos de tiempo entre una toma y la siguiente. Esto es lo más parecido a dar una imagen simultánea de un lugar sin falsear su transcurso natural, puesto que el cine es un arte que discurre en el tiempo. En el corto El extranjero, es cierto que también quise dar esta misma idea de simultaneidad mediante un salto atrás en el tiempo, aunque sin poner énfasis en ello. Creo que todo parte de una concepción contemplativa o poética de la realidad; la idea de que es preciso tomarse un tiempo para experimentar el paso de la vida.

En tu blog-diario decís que Rohmer reafirma la convicción de que el cine, como arte del espacio, es un problema de distancia, la que se establece entre la cámara y lo mirado, o la que separa o une a las personas entre sí. ¿Podrías hablar un poco más de esto? Hay una cosa medio straubiana ahí…

En efecto, el cine es un arte que transcurre en el tiempo pero construida con pedazos de un espacio preexistente. Personalmente confío mucho en la idea de un cine “ecológico”, muy atado a un presente muy definido, un aquí y ahora. Una relación directa con lo real que queda registrada en el rigor de la toma cinematográfica y que, en el caso de los Straub, es casi una religión.

¿Cómo pensás la relación plano/contraplano?

Como todo en el montaje, es una forma de poner en contacto realidades separadas en el espacio.

También decís que Khleifi separa la creación de la pobreza que la pobreza de la creación. ¿Dónde te situás vos en relación a esto?

Mi concepción ecológica del cine, que por otra parte también está presente en Rohmer o Kiarostami, limita la capacidad de transformar la realidad preexistente, pero creo que aporta una gran libertad en el uso de estos elementos dados. Yo tan sólo me pongo en la situación más receptiva posible, aunque por supuesto es necesario forzar un poco el desarrollo de la realidad para poder filmarla.

¿Por qué un festival de música?

En realidad pienso que de cualquier lugar se pueden desprender cosas interesantes si uno lo mira con el suficiente interés. Un festival de música puede parecer un contexto algo arbitrario para filmar una película en Palestina, pero había varios elementos que coincidían ahí y quería que aparecieran en la película. Como la idea de espectáculo, “show”; quería jugar con la idea de “show” y “not to show”, mostrar y no mostrar, qué es conveniente mostrar o qué no mostrar en una película. También es un lugar en el que hay periodistas y canales de televisión en acción. Me interesaba ponerlos en escena justamente para oponer mi discurso, que es más contemplativo y menos informativo, al suyo.

En tu blog exclamabas: “¿Por qué persiste esa idea de que el cine tiene que ser caro?” ¿Cómo financiaste la película? ¿Crees que existe algo así como un mainstreem palestino?

Mi película se rodó gracias a los apoyos de una fundación cultural de Jerusalén y una televisión local de Ramala que prestó el equipo. La postproducción fue posible gracias a una campaña de “crowdfunding”, o micromecenezgo. Como te decía antes, no existe una industria de cine propiamente palestina

Si la poesía hace de algo pequeño algo muy grande, y el periodismo comprime lo amplio, ¿dónde queda el cine?

En saber encontrar la proporción justa entre lo muy pequeño y lo muy grande, por ejemplo.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Tengo ideas para un segundo largometraje como director. También sobre Palestina, pero será una película más cercana a los personajes, más narrativa que Dos metros de esta tierra.


Entrevista realizada por Lucía Salas y publicada originalmente en Revista Cinéfilo nº 18, Argentina, noviembre 2014.

Entrevista en La Izquierda Diario (Buenos Aires)

Entrevista a Ahmad Natche: El nuevo cine palestino y lo cotidiano como acción política

En el marco de la 5° Edición del Festival Internacional CineMigrante, realizado en Buenos Aires en octubre pasado, entrevistamos a Ahmad Natche, director español/palestino, que presentaba su primer largo de ficción “Dos metros de esta tierra”.

La Izquierda Diario: ¿Por qué te interesó estudiar cine?

Ahmad Natche: Siempre, desde que tengo uso de razón, he estado interesado en el cine. Primero en ver películas, luego en pensar en películas, también en dibujar, en contar historias a través de imágenes, primero con el dibujo luego con video. Tal vez fue al ver una retrospectiva de Chaplin en televisión cuando me empecé a interesar seriamente por el cine. Empecé a leer mucho acerca de la historia del cine, a ver cine mudo, a descubrir cineastas claves del cine clásico… y bueno: decidí estudiar Imagen y sonido en España y posteriormente cursé estudios de montaje en Cuba, en la escuela de cine de San Antonio de los Baños. Trabajo como montajista y también eventualmente he dirigido cortometrajes, documentales y esta primera película larga de ficción en Palestina, Dos metros de esta tierra.

¿Tus raíces palestinas tienen que ver con lo que te motivó a hacer ésta película?

Yo soy español, de padre palestino, he vivido casi toda mi vida ahí. La relación con Palestina, con la tierra de mi padre, fue lejana hasta mi primera visita allí a los veinte años. A partir de entonces me interesé mucho más por la situación, me comprometí con la realidad del lugar, con la tarea de ofrecer mi punto de vista sobre la vida en Palestina. Estudié árabe, seguí volviendo a trabajar como editor y asistente de dirección. Allí rodé mi primer documental a nivel profesional: un documental de media hora sobre la reconstrucción del barrio Hebrón, en Cisjordania y los problemas de sus habitantes con la colonia israelí que está implantada en el corazón de la ciudad. Posteriormente decidí situar allí mi primer largometraje de ficción. A lo largo de dos veranos busqué ideas, temas y durante el año siguiente redacté un guión. Empecé a buscar posibles apoyos de productoras, de instituciones y al año siguiente rodé Dos metros de esta tierra, que se terminó en 2012.

Cuando hablas de tu película usas el término “ecológico” ¿a que te referís con eso?

“Ecológico” es ser consecuente con las condiciones materiales de producción que pueden permitirme filmar una película, como en este caso en Palestina. Mi idea era no contar con un gran dispositivo de producción, en principio porque era complicado obtenerlo, obtener plata, y al mismo tiempo porque no me interesaba tener la presión de una productora grande que impusiera una dinámica de rodaje o de producción diferente. Busqué obtener recursos a nivel local que pudieran permitirme levantar una producción sin imponer demasiado en el contexto en que quería filmar. A nivel actoral contar con actores no profesionales, encontrados en esa ciudad, no imponer decorados ni condiciones externas al lugar de rodaje.

Decís que con tu película quisiste salir del lugar común desde donde se muestra Palestina…

La voluntad era de, sin salir de Palestina, sin dejar de hacer una película sobre palestinos, hacer algo muy diferente a lo que normalmente nos llega. En este caso, eligiendo un contexto un tanto inusual, como es la preparación de un festival de música, que pudiera generar imágenes y sonidos inusuales. A la vez una película muy despojada de estereotipos, que forman parte de la vida real, de la vida cotidiana de los palestinos pero que no son lo único que la constituye. Se alude a ellos en la película, las dificultades de la vida cotidiana, pero había que elegir y decidí mostrar y centrarme en otro contexto, aunque no mostrarlas no significa que no existan las dificultades para los palestinos.

En tu película una cosa distintiva es la vestimenta de los personajes y el rol de las mujeres que son las que llevan la acción y toman decisiones ¿eso se dio así o vos lo buscaste?

Sí. Hay un interés desde siempre por hablar de las mujeres, porque para alguien que llega de fuera, la mujer del mundo árabe es algo muy misterioso. Dependiendo de la familia, si es más conservadora o menos conservadora, la mujer se expone más o menos, pero tienen un rol generalmente que en occidente se ve con ojos equivocados. Simplemente tenía curiosidad por conocer el rol de la mujer en el mundo árabe… y por documentarlo. Pero traté de no forzarlo. Sucedió que había muchas mujeres trabajando en este contexto, no fue algo impuesto por mi parte.

Hay una mezcla de diferentes registros de la realidad: hay escenas más controladas y escenas menos controladas. Yo siempre durante el rodaje trataba de quitarme de en medio. No imponía un papel, no imponía diálogos a los actores. Marcaba unas pautas generales y ellos desarrollaban el diálogo como querían. A nivel de vestuario, de comportamiento, yo traté de que fueran lo más “ellos” posible: las palabras les pertenecen, no las estudiaron de un guión; responden a su nombre verdadero en la película y por lo general juegan el mismo rol y profesión que en la vida real.

La presentadora del festival en la película plantea que el arte construye identidad, que es político, que abre ventanas. ¿Estás de acuerdo con esto? ¿Creés que Dos metros de esta tierra contribuye a abrir esas ventanas?

Sí, estoy bastante de acuerdo con el contenido que yo no escribí, nació de ella. Escribió su discurso para la película recordando el de otro festival de música en el que había participado y aparece ensayándolo. Me alegró mucho haberlo encontrado. No fue impuesto por mi, pero que yo suscribo. Creo que en la película se puede percibir también la voluntad de crear a través de la cultura un objeto de significancia política y de resistencia.

¿Qué proyectos tenés para el futuro?

Me han ofrecido documentales para montar en Palestina y como director le vengo dando vueltas a un nuevo proyecto de largometraje de ficción que será “más de ficción” que Dos metros de esta tierra: más narrativo, más intimista, más próximo a los personajes; pero también una pequeña historia ligada a las fotos de la primera secuencia de la anterior película (NdeE: las fotos son de hombres y mujeres jóvenes combatientes), marginal, que aborde la política y las circunstancias históricas de un modo indirecto.

¿Qué pensás del financiamiento israelí para películas palestinas?

No todos los israelíes apuestan por el sionismo. Hay muchos que apuestan por la convivencia de árabes y judíos; que están en contra de la desposesión que ha provocado el sionismo y que luchan por una solución que permita la convivencia de ambos pueblos; el derecho al retorno de los desposeídos y desplazados. Hay muchos directores palestinos como Elia Suleiman, Hany Abu-Assad, los directores de El tiempo que queda y de Omar, que nacieron en lo que es el estado Israelí y que están dentro de un sistema pero que no están de acuerdo con el sionismo aunque reciban apoyo de Israel. Aunque la mayoría de los recursos de Israel fomentan la política sionista del gobierno. Se filma mucho documental en Gaza Cisjordania también en Israel; cortometrajes de todo tipo y existe la idea de que los largos de ficción son caros de producir entonces no se abordan proyectos así con tanta frecuencia, se hacen dos o tres al año.

¿Qué opinas de que artistas como Joaquín Sabina toquen en Israel? ¿Pensás que está bien o acordás con la postura de que se debe hacer un bloqueo cultural a dicho país?

Yo de algún modo trato de fomentar el bloqueo cultural, la desinversión en Israel, porque de otro modo se normaliza la actividad y la relación de Israel con el mundo y no creo que sea algo normal lo que ocurre en ese país. Trato de fomentar que artistas invitados rechacen la invitación en virtud de su desacuerdo con el gobierno israelí. Creo que es importante llamar la atención sobre las circunstancias de opresión que se viven en Palestina.

Entrevista realizada por Gisele Lisak y Gabi Jaime en el marco de la 5° Edición del Festival Internacional CineMigrante (7 al 15 de octubre de 2014) y publicada el 13 de febrero de 2015 esta página de La Izquierda Diario, Buenos Aires.

En la revista Ruta 66

En su número de diciembre, la mítica revista española de música Ruta 66 (Tiempos de Rock&Roll) dedica una reseña a Two Meters of This Land (Dos metros de esta tierra), de la mano del crítico José Luis Torrelavega, quien escribe, entre otras cosas:

«…no en vano el título de esta magnífica película proviene de un verso de Mural de Mahmud Darwish, el gran poeta palestino. Para mí se trata de una obra optimista, juvenil y abierta al futuro, pese a que casi concluya en la tumba de este escritor, exiliado y también despojado de ese espacio brutalmente dividido del que la película no deja de hablar».