Crítica en Cinéfilo (Argentina)

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Verano en Ramala

por Lucía Salas

Una de las primeras escenas de Dos metros de esta tierra (Ahmad Natche, 2012) termina con un director de televisión palestino poniendo en su lugar a una periodista francesa de una forma tan serena y elegante que casi ni se nota. Rauf y Noemí están trabajando juntos para la televisación de un festival de música popular palestina que va a suceder ahí, en Ramala, esa misma tarde. Están eligiendo fotos de fedayines para el programa y si bien la relación es cordial, no coinciden mucho. Además, usan el inglés como idioma en común pero por momentos se complica. En un momento Noemí se muestra un poco sorprendida y molesta con la cantidad de mujeres y niños fedayines que se ven en las fotos y le pregunta a Rauf si a él le molestaría que su esposa o su hermana fueran combatientes. Rauf le contesta con una pregunta: ¿estamos hablando de ahora o del pasado? Noemi le contesta que no importa y él le responde, un poco entre puntos suspensivos, que estaría bien y que cada una podría hacer lo que quisiera. Ahí la francesa le responde OK y se queda un poco risueña, como si hubiera ganado una especie de debate que en verdad perdió, y que Rauf intentaba explicarle de alguna manera que no es lo mismo 1948, 1978 que 2012 y que para él la revolución no es una cosa de bárbaros sino una responsabilidad compartida.

Ahmad Natche es un español de Sevilla de más o menos 40 años, de madre española y padre palestino, que estudió ahí comunicación audiovisual y luego Montaje en la EICTV en Cuba, filmó su primera película en Hebrón, la última en Ramala, colaboró como crítico en varias publicaciones, programó en 2010 una muestra de cine palestino para la Casa Árabe de Madrid y en 2014 una en Buenos Aires. Sus primeros trabajos fueron firmados con su nombre hispano, Jaime, aunque ahora prefiere su nombre árabe y reunió sus experiencias en torno a hacer su primera película en el blog anatche.com. Ahí dice que somos fruto de la acumulación de conexiones.

En una cadena de mails con motivo de hacer una retrospectiva suya junto con un foco de cine palestino (Una Palestina en construcción, a través de sus imágenes y sonidos), me escribió que si bien todos sus trabajos partían de las mismas inquietudes formales, no todos tratan del tema que nos convocaba salvo su primer corto, La llamada de las piedras (Hebrón, 1998, sobre un programa de recuperación de viviendas en la zona) y su primer largometraje, Dos metros de esta tierra (Ramala, 2012, sobre la preparación de un festival de música popular palestina en un teatro en las afueras de la ciudad), y que por lo tanto no sabía si era del todo pertinente, lo cual no es del todo cierto.

Volvamos a la francesa, que no siempre está mal ubicada. En un momento se decide por una foto porque dice que en ella hay unos muchachos que parecen estar esperando pero, al no saber qué es lo que esperan, uno empieza a imaginar cosas. Es algo que pasa mucho en el cine de Natche: hay alguien que espera. A veces sabemos qué (un colectivo, que se solucione un problema de sonido, a los Rolling Stones) y otras no, pero siempre se vuelve claro que la cosa va por otro lado y que tiene que ver con poder imaginar, con poder darse el tiempo de completar cada uno esa espera, lo que produce una serenidad bastante placentera.

En las películas de Natche hay un interés muy grande por ver eso que pasa antes de un evento (un recital, un viaje) que lleva mucho trabajo y paciencia. Parte de la espera activa implica realizar la propia tarea sabiendo que es una pieza más de una tarea colectiva. Aunque la japonesa que saca fotos y el viejo que hace café en la cocina jamás se crucen, existen en ese recital que está por suceder. Esto funciona también para la resistencia contra la ocupación israelí: no existe sólo en la lucha armada sino también en habitar cada día un espacio, volverlo habitable, poner en escena lo cotidiano y apacible como algo no sólo posible sino existente. Lejos de otras formas de representación de Palestina, en la Ramala de Natche se estudia, se trabaja, se charla, se escucha música y sobre todo se piensa (el pasado, el presente y el futuro; lo filmado, lo que se está filmando y lo que se filmará).

Esto tiene que ver con otro punto fundamental del cine de Ahmad Natche: todo sucede en simultáneo. En uno de los cortos que filmó en Cuba, El extranjero (2000), dos chicos esperan un colectivo que nunca llega. Lo primero que vemos es el camino que hizo el chico entre rutas y pastizales hasta la parada y una vez que los encuadra juntos comienza un flashback del momento en que la chica se fue de su casa, en otro código totalmente distinto: de él veíamos su figura recorriendo el plano, de ella vemos su sombra proyectada sobre los objetos de la casa que está dejando. Uno vuelve y el otro se va, dos correlatos de una misma espera, simultánea.

En Dos metros de esta tierra cada secuencia se ocupa de lo que pasa entre las personas que trabajan para que el recital suceda. El tiempo se dilata porque vuelve atrás cuantas veces sea necesario para poder desgranar cada componente de la preparación. De Noemi y Rauf pasamos a su asistente, de la asistente a los chicos que ordenan folletos, de ahí a los que arman el sonido, los que acomodan las sillas, el que toca el laúd. Todo como  una carrea de postas, pero más caminata que corrida. Natche sabe que no es posible (ni deseable) mostrarlo todo, y lo usa bien. Fragmenta la acción en secuencias que conviven, todas en un mismo período de tiempo. Va saltando de trama en trama en relación al espacio que cada una delimitó para sus acciones y así plantea una forma de organizar el mundo, casi sin jerarquías y en base a acciones pequeñas y concretas. Es como dicen en un momento dos de sus personajes hablando sobre poesía: toma algo pequeño y lo vuelve enorme. Es una cuestión de tiempo y espacio, de distancias y contextos, de identidad personal e identidad nacional.

En la última escena de la película, un bailarín que había pasado gran parte de la espera en el teatro contándole a una compañera que ahí cerca estaba la tumba del poeta palestino Mamoud Darwish, aprovecha un desperfecto de sonido para proponerle visitarla. Arriba, solos frente a la lápida, le pregunta si conocía su poema “Mural” y le recita la última parte: Me bastarían sólo dos metros de esta tierra / un metro setenta y cinco para mí / y el resto para la flor de colores confusos / que, despacio, me sorbe / y es mío aquello que fue mío / mi ayer y lo que será mío / mi mañana lejano, la vuelta de mi espíritu errante. / Como si nada hubiera sido, / una pequeña herida en brazos del frívolo presente / mientras se ríe la Historia de sus víctimas y sus héroes / a quienes mira de reojo, y se va. / Este mar, mío, este aire húmedo, mío, / y mi nombre, incluso si fallo al pronunciarlo sobre el ataúd, es mío. / Mas ahora, tras haberme llenado de todos los motivos de la marcha, / no soy mío / Yo no soy mío / No soy mío. En seguida, antes de que alguien pueda decir algo más, los llaman a ensayar y corta el plano a uno más general en el que se los ve corriendo hacia el ensayo. Cuando ellos ya se fueron la cámara empieza a panear y se percibe que ahí, detrás de unas montañitas, está Jerusalén. Y ese paneo, que más que de ida parece un paneo de vuelta, nos lleva de nuevo al principio de la película, con unos fedayines que muchos años después de 1948 reaparecen en la pantalla, sin nostalgia sino con acción pura. Con la belleza y la simpleza de algo que contiene la esperanza de un pequeño cambio, algo que antes no estaba y ahora existe, una tarde de verano en Ramala.


Crítica publicada originalmente en Revista Cinéfilo nº 18, Argentina, noviembre 2014.

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