Reseña en “The Electronic Intifada” (español)

Las políticas de la vida cotidiana palestina

capturadas en una magnífica ópera prima

Por Asa Winstanley, Londres (The Electronic Intifada, 24 de diciembre de 2012). Traducción al español del artículo originalmente en inglés.

Un hombre y una mujer se encuentran en un estudio de realización preparando un programa de televisión; revisan antiguas fotografías en blanco y negro de la Revolución palestina. La mujer, francesa, muestra una cierta ignorancia, pero Rauf —cuyo rostro el espectador nunca ve— se muestra atento. Más tarde, ella le pide que le acompañe a una de sus reuniones en calidad de traductor, pero él se excusa diciendo que está ocupado.

Adolescentes de la compañía de baile El-Funoun, un grupo real, esperan sentados, entre chistes y ejercicios de calentamiento, mientras que algunos técnicos instalan un equipo de sonido sobre el escenario para un concierto y los músicos afinan sus instrumentos.

Una estudiante de periodismo manipula su vieja grabadora durante una entrevista.

Llaves gigantes —símbolo del derecho de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares, de donde fueron expulsados ​​en 1948— yacen como útiles de atrezo olvidados.

Algunas de estas escenas de Dos metros de esta tierra amenazan con desarrollar una trama, pero ninguna lo hace.

Hipnotizado

Es difícil apartar los ojos del magnífico debut en el largometraje del director palestino-español Ahmad Natche. A pesar de que sucede muy poco hay mucho que se podría decir, pero se deja entre las líneas del guión.

Si es que había un guión. Los actores son aparentemente no profesionales y el film parece haber sido en parte improvisado. Según el realizador, esta película independiente es probablemente el único largometraje producido y rodado en Cisjordania o Gaza de 2012. Su postproducción fue posible gracias a una campaña de crowdfunding (o financiación en masa) lanzada en Internet. Un festival de música auténtico fue el escenario de la película, según Natche (Dos metros de esta tierra: entrevista con un director palestino”, Mena Muse, 24 de diciembre de 2011).

Realmente no hay mucho ocurriendo, pero aun así quedas hipnotizado. Esto se debe principalmente a un brillante trabajo de cinematografía. Con una composición penetrante, muchos de los planos más sostenidos son como obras de arte en sí mismos. Pero, paradójicamente, hay una excitación casi visceral al haber tantos significados fluyendo en la vida cotidiana.

Humanidad

No es una película particularmente política, pero de algún modo se apuntan ciertos asuntos políticos. Por ejemplo, Noemi —el personaje francés— parece haber sido contratada como alguien experto y, ciertamente, parece estar en una posición de inferioridad. Incluso se revela en una escena que ella ni siquiera sabe que la mayoría de los palestinos tienen prohibido viajar a Jerusalén. ¿Cómo podría no saberlo?

Retratar la humanidad de la vida cotidiana de los palestinos más allá de los clichés de los medios de comunicación es una especie de acto político en sí mismo. Hay una escena en la que una superviviente de la Nakba de 1948 —la limpieza étnica de Palestina por Israel— cuenta parte de su historia. Pero oímos tan sólo fragmentos de la narración; su amiga, desde fuera de cámara, la interrumpe varias veces para corregirla. La escena concluye con un plano en el que retrocedemos de nuevo al ahora vacío estudio de realización, y vemos el final de la entrevista con la superviviente de la Nakba en un monitor. Lo que acabamos de ver resulta ser el material sin editar de un segmento de la televisión palestina o algún documental.

O al menos eso me pareció a mí. Parte de la belleza de esta película es que, como tanto buen arte, deja mucho abierto a la libre interpretación.

Escenas familiares

También hay escenas que cualquiera que haya vivido un poco de tiempo en Cisjordania reconoce. Una fotógrafa habla en árabe a uno de los técnicos, enseñándole algunas palabras en japonés (por medio de un árabe muy bueno). El título del film proviene de un poema del difunto Mahmud Darwich, Mural:

Me bastarían tan sólo dos metros de esta tierra
(uno setenta y cinco para mí
y el resto para la flor de colores confusos
que, despacio, me sorbe).

Darwich escribió aquí sobre lo que pasaría con su cuerpo después de la muerte. La escena final tiene lugar en su tumba, adonde dos de los bailarines se han escabullido aburridos de la espera. Un muchacho lee los última versos del poema a una chica y por un momento asoma otro posible hilo narrativo. Pero se dejará que sea el espectador quien, en última instancia, rellene el vacío. Y de esta forma la película se vuelve más rica.

Asa Winstanley es un periodista de Londres que ha vivido y trabajado en la Palestina ocupada.

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