Encuentro en el Nilo

Somos fruto de una acumulación de conexiones. Nuestro cuerpo es el punto de encuentro de un incontrolado y no cuantificable magma de terminales, compuesto no solo por aquellos que forman el organismo —de la ancestral dotación genética a la más reciente sinapsis cerebral—, sino por los que nos relacionan con nuestro entorno.

En la mayor parte de esas asociaciones, no tenemos margen alguno de decisión; en unas pocas —muy pocas—, sí. De nosotros depende, por tanto, el propiciar las condiciones que puedan dar lugar a aquellas conexiones a nuestro alcance potencialmente útiles a nuestros propósitos, aunque en principio nos separen de ellas grandes extensiones de espacio y tiempo.

Esta es la idea que rige el Cairo Film Connection, un evento creado en el marco del Festival Internacional de Cine de El Cairo como plataforma para la producción de nuevas películas en el mundo árabe. Este año fueron seleccionados doce proyectos (diez en etapas de desarrollo, aún sin filmar, y dos en postproducción, ya filmados, uno de las cuales era Dos metros de esta tierra).

Durante las tres jornadas del Cairo Film Connection, del 5 al 7 de diciembre, sus organizadores programaron encuentros entre los realizadores y productores o guionistas de cada uno de los films seleccionados, y productores, distribuidores o programadores de festivales —de Europa y el mundo árabe— que pudieran estar interesados en participar en su producción o difusión, y consecuentemente, ofrecer su apoyo en el proceso de elaboración de la película. Dentro de la sala donde se celebraba el evento, a cada pelicula se le asignaba una mesa donde desarrollar las diferentes reuniones, que se mantuvieron principalmente en inglés y en árabe, y de las cuales podían surgir relaciones fundamentales para la culminación de un proyecto.

De los films seleccionados, el mío era el que se encontraba en un estadio más avanzado de producción (y, curiosamente, era también el de más reducido presupuesto, muy por debajo de la media). El otro film en postproducción —un largometraje independiente egipcio— está ya filmado, aunque tiene todavía por delante la etapa de montaje y de momento solo dispone de un teaser (o montaje de unos pocos minutos), con el que ofrecer una ligera idea sobre el resultado final del film a la persona que acude a hablar de este con su productor y director.

En mi caso, al contrario de lo que sucedía con la mayoría de proyectos, el principal objeto de valoración de los encuentros no era el guión escrito, sino las imágenes y sonidos del film ya montado que llevaba en copias DVD, por lo que —a la espera de que lo pudieran ver— las conversaciones giraban en torno a cuestiones de índole general, sobre la idea de la película, sus condiciones de producción, las expectativas, etc. Al principio, los intercambios toman una forma algo errática; uno no sabe bien qué espera escuchar el productor egipcio o la programadora francesa, qué le interesa más de tu pelicula. Pero en seguida se conoce la mecánica de la situación; se aprende que, por ejemplo, basta hablar de «un punto de vista diferente sobre la vida en Palestina» para comprobar que el interlocutor se vuelve extraordinariamente más receptivo, venga de donde venga.

La invitación a esta sección del Festival de Cine de El Cairo era la primera cita internacional de importancia a la que acudía con Dos metros de esta tierra —que, recuerdo, aún está en proceso de acabarse y poder proyectarse normalmente a un público—, y tenía curiosidad por conocer las reacciones que despertaría en ese marco. Por lo general, recibí muy buenas impresiones de las personas que pudieron verla o saber de ella. Constaté, asimismo, que es un tipo de película muy distinta —y más difícil de encasillar— de lo que habitualmente se encuentra incluso en un contexto de producciones independientes o de bajo presupuesto como este.

Por otra parte, el verme con la película en una cita de estas características —el de El Cairo es el único festival internacional de cine de clase “A” de África y Próximo y Medio Oriente— me ayudó a poner en perspectiva tanto tiempo de dedicación solitaria, y a confirmar que el film puede encontrar su sitio junto a otras propuestas muy variadas.

La vida del festival gira en torno al hotel que alberga a sus invitados desde todo el mundo, las oficinas de prensa y sus principales actos, situado en el área de El Gezireh, una pequeña isla formada por el Nilo (الجزيرة es «la isla» en árabe), y que forma parte de la zona más lujosa de la ciudad. En su restaurante me crucé con el presidente del jurado internacional, Arturo Ripstein —a quien recordé habernos conocido en el curso que impartió durante el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva en 1996—, el director argentino Héctor Olivera y la cineasta palestina Najwa Najjar (Pomegranates and Myrrh, 2009), también miembros del jurado.

El desayuno, el ascensor, el vestíbulo, el autobús… En un festival de cine, cualquier ocasión es buena para conocer y que te conozcan.

En la siguiente foto aparece el hotel desde una faluka (o barca para navegar por el Nilo), adonde me invitaron una tarde de picnic Islam y Rina, una pareja de cineastas —egipcio y palestina— que también participaba en el Cairo Film Connection. En la imagen de más abajo, el Nilo y el sur de El Cairo desde mi habitación en la 11ª planta del hotel, próximo a la Plaza Tahrir (o Plaza de la Revolución).

Aunque el hotel es el epicentro del festival, las proyecciones tienen lugar en salas diseminadas por toda la gigantesca y populosa ciudad. Vi tan solo tres películas —las tres, egipcias—, entre ellas la muy aclamada Microphone, de Ahmad Abdallah, que —de modo novedoso en el rutinario cine egipcio— se ayuda de una historia más o menos convencional para documentar la actividad de los músicos y artistas underground de Alejandría, y que finalmente fue premiada como Mejor Película Árabe. Para todos aquellos acreditados del festival interesados en acudir a las proyecciones, se organizaban salidas en autobuses desde el hotel. Estuve dos veces en el Family Cinema y la última proyección —del film premiado con la Pirámide de Oro a la Mejor Película Internacional— fue tras la gala de clausura del festival en el Teatro de la Ópera.

También aproveché para sumarme a otras actividades guiadas con los invitados del festival, como una visita nocturna a la Ciudadela —amurallada en el siglo XII por Saladino para protegerla de los cruzados— y una excursión a las pirámides y esfinge de Guiza, a unos 15 Km del centro de El Cairo, el último día de festival.

Fui a Guiza con un pequeño grupo compuesto por una directora húngara que formaba parte del jurado, su compañero —un guionista italiano—, un actor franco-canadiense del jurado, una productora polaca que acudía para recoger esa noche un premio a su película y un crítico de cine ruso que, tras dos semanas, aún le parecía inverosímil haber cambiado el siberiano frío de Ekaterimburgo por el sol de El Cairo. Él me contaría que el nivel general de esta edición del festival había sido muy pobre. A la sombra milenaria de la pirámide de Keops, también conversamos sobre dos grandes cineastas de Kazajistán, Serguéi Dvortsevoy y Darezhan Omirbaev, y me recomendó ver la película rusa que ganó en la pasada edición de Venecia el premio FIPRESCI de la crítica internacional (precisamente, el mismo reconocimiento que —en su caso a un film búlgaro— él iba a entregar en El Cairo). Al final del recorrido por Guiza, pudimos entrar a la pirámide más pequeña, la de Micerinos, accediendo por un estrecho pasadizo que baja a la cámara mortuoria, permanentemente visitada por gente (muchos grupos escolares) y desnuda de cualquier vestigio del pasado.

En el día libre que me quedaba en Egipto tras la clausura del festival también visité el célebre bazar de Jan el Jalili y el barrio copto en El Cairo antiguo —al sur de la ciudad—, lugares donde ya se advierten testimonios de la indigencia que sufre buena parte de la ciudad, ausentes del exquisito barrio de El Gezireh. Las grandes distancias de El Cairo y su excesivo tráfico y polución lo convierten en un lugar muy duro para transitar a pie (mi medio de locomoción predilecto). Afortunadamente, su metro —el único de toda África— permite salvar las distancias de la ciudad sin atosigamientos y con rapidez. En diferentes calles de la ciudad hacía paradas para beber zumo de caña de azúcar (عصير قصب), al que en Cuba era adicto y que allí llamaban guarapo (no fue eso, por cierto, lo único que en Egipto me recordó a Cuba).

La capital egipcia es quizá la ciudad más grande y poblada en la que estuve nunca. También es cierto que no he conocido muchas más ciudades fuera de España y Palestina, lo que desde luego no se debe ni a un excesivo apego a la tierra ni a un exiguo amor por el viaje; simplemente no encuentro atractivo alguno en viajar por un tiempo corto, y el viaje como turista supone siempre una batalla contra el tiempo, por lo que, en esas condiciones, viajar me parece una verdadera pérdida de tiempo.

A Buñuel no le gustaba viajar para conocer sitios nuevos; si acaso, le gustaba regresar a los ya conocidos. Prefería rechazar una invitación a Nueva Delhi porque no sabía lo que podría hacerse en la lejana ciudad a las tres de la tarde. A mí me gusta viajar a ciudades que no conozco, pero a condición de vivir en ellas el tiempo suficiente para adoptar ciertas rutinas, de permitírseme experimentar el tiempo de ese lugar (o, más raramente, a condición de no tener por delante más que tiempo perdido, como sucedió en una escala imprevista de veinticuatro horas en Nueva York). A muchos les sorprende que yo no haya estado nunca en París o Londres —ahora que tan fácil es viajar de un lugar a otro—, pero es que sencillamente no encontré ninguna razón duradera para ir a esas ciudades, más allá de la incursión apresurada con la prescriptiva agenda de visitas en mano. Así que los pocos lugares lejanos que conocí son aquellos en los que he sentido el tedio agradable de la costumbre. Hasta que se emprende el siguiente viaje.

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