Una tarde de verano

Tras volver a España, en septiembre de 2008, me proponía desarrollar por escrito el proyecto del largometraje que había previsto en Palestina. La idea era —a partir de ello— buscar los fondos, los inversores o productores, necesarios para regresar a Ramala el verano siguiente y filmarlo con un pequeño equipo local. Tenía algo menos de un año para todo ello mientras, por supuesto, lo compaginaba con otras obligaciones.

Lo primero era poner en orden las notas, las impresiones, los sonidos encontrados durante ese verano; perfilar el relato que pudiera ser respaldado por la fundación cultural o el productor oportuno, y que, en menor o mayor medida, supondría una prolongación de mis preocupaciones personales y estéticas plasmadas sobre la pantalla en trabajos anteriores.

Bresson escribía en sus Notas sobre el cinematógrafo que la capacidad para aprovechar bien los propios recursos disminuye cuando éstos aumentan. Para definir mi guión y el plan de producción debía restar en vez de sumar. Partía de unos principios de simplificación y ecología; servirme de lo más básico interviniendo lo menos posible en el escenario de la acción.

Eso también era aplicable al casting o elección de actores. Muchos de los personajes que aparecían en el guión eran personas de carne y hueso que había conocido en el mismo contexto que iba a retratar. Otros ejercían una función bien determinada en el contexto observado y debería buscar posteriormente a las personas que los encarnarían; mejor si desempeñaban un trabajo igual o similar en la vida real.

El proyecto lo moví en España justo lo necesario para darme cuenta de que era tarea imposible esperar encontrar un productor que, en plena recesión económica, confiara a un director desconocido un rodaje hablado en árabe y ubicado en la lejana Palestina. Desde la distancia, establecí contacto con la fundación que conmemoraba la capitalidad de Jerusalén en la cultura árabe ese mismo año, porque Mahmud Darwich y la música popular palestina tenían un papel importante en el guión. El apoyo a mi proyecto quedaba supeditado, sin embargo, a una reunión en Jerusalén.

Sin seguridad alguna de que podría filmar, el 2 de junio de 2009 viajaba a Palestina. Durante ese mes logré el apoyo financiero de la fundación cultural —aunque modesto para tratarse de la producción de un largometraje—, la implicación de una emisora de TV que prestó su equipamiento y la colaboración de un pequeño equipo técnico —que compensaba con animosidad la austera retribución. También completamos la búsqueda de actores y estudiamos a fondo la localización donde se desarrollaría la acción del film y el plan de trabajo.

El 1 de julio dio comienzo el rodaje de Metrán men hada al-turab; justo en la jornada de ensayo previa a la inauguración del Palestine International Festival 2009.

Al equipo, íntegramente palestino, se uniría desde Madrid, la siguiente jornada de la filmación, la directora de fotografía venezolana Rosibel Rojas.

No fue ciertamente tarea fácil que todo estuviera dispuesto ese 1 de julio para el inicio del rodaje. Personas sensatas y experimentadas me habían sugerido que abandonara la idea de filmar una película con tan pocos medios y sin apenas dinero —¿por qué persiste la idea de que el cine debe ser caro?—. Tampoco ayudaba el hecho de que, incluso después de leer el guión, no quedara claro qué era exactamente lo que contaba el film, pues su argumento se podría reducir a: «una observación de las personas que se encuentran y se desencuentran en un teatro de las afueras de Ramala durante una tarde de verano».

Como Mika Takahashi, fotógrafa japonesa de quien son todas las imágenes de esta entrada, que andaba por allí y también cumpliría su función delante de la cámara esa misma tarde de verano.

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