Encontrar un lugar

Nuevamente debo retroceder en el tiempo para continuar relatando la génesis de esta película. Hace unos días ya hablé de mi viaje a Palestina en el verano de 2008 a la búsqueda de temas y motivos para un proyecto cinematográfico, que me llevaron —por razones que no vienen al caso, pero quizá cuente otro día— a inmiscuirme en todo aquel evento de música popular que me fue posible en las horas previas al espectáculo. Eso me condujo, por ejemplo, a los preparativos del concierto del laudista Taisir Masrieh y su agrupación italiana en un centro cultural de la ciudad vieja de Belén, o a meterme en el autocar del grupo de baile ya mencionado anteriormente, El-Funoun, para acompañarles a una actuación al aire libre en un entrañable pueblo perdido en la montaña (Safa, al norte de Ramala), al que difícilmente hubiera llegado de otro modo.

Durante los tres meses que me establecí en Jerusalén, tuve la ocasión también de trabajar en un rodaje de mi admirado Elia Suleiman, en Nazaret, y de conocer a muchas personas extranjeras que, por un motivo u por otro, se encontraban viviendo en Palestina —principalmente, periodistas y cooperantes— y que también jugarían su papel en el proyecto que preparaba. Pero tuvo caras menos amables, como el descubrimiento del muro de separación israelí, que no existía en mi anterior visita, o la experiencia de los puestos de control militar, que bloquean la vida de los ciudadanos palestinos hasta extremos humillantes (ya anoté un relato de estos episodios en otra ocasión).

A mi labor de búsqueda debía seguir la plasmación de esos encuentros e impresiones, más o menos casuales, en un guión que permitiera la reconstrucción de ciertos hechos en un futuro próximo que yo fijaba como el verano siguiente, en 2009.

Breve circunloquio sobre la separación entre cine de ficción y documental:

He sugerido que el guión debía plantearse como herramienta para una reconstrucción y eso exige un comentario adicional sobre la naturaleza de cualquier proyecto cinematográfico. En mi ética como espectador y cineasta, siempre he procurado no dar importancia a la distinción que institucionalmente se establece entre ficción y documental. Sin embargo, en el momento en que uno necesita responsabilizarse de una cantidad de medios materiales y humanos más o menos significativa, debe situarse en uno u otro lado —aunque sólo sea para guardar las apariencias— con tal de justificar su inversión: hay que decidir si se hace cine de ficción o cine documental. Cualquiera puede entender lo que, virtualmente, está dentro de uno u otro campo, aunque la dificultad empiece al intentar definir los límites.

Simplificando las cosas, podemos estar de acuerdo en que el cine de ficción es posible porque la cámara está ahí y el documental, a pesar de que la cámara esté ahí. En el primer caso, la realidad necesita ponerse al servicio de la cámara y en el segundo caso, la realidad que transcurre frente a la cámara podría muy bien hacerlo del mismo modo sin que ésta y el equipo que la acompaña estuvieran presentes. El cine de ficción, por lo tanto, exige un coste mayor (iluminación y escenografías adecuadas a la historia prevista, actores disponibles el tiempo que dure el rodaje…), que es el coste de programar el azar; aunque, en la práctica, lo calculado y lo aleatorio se trenzan hasta confundirse.

Mi plan era servirme de un evento real y de unas personas reales, preexistentes, como punto de partida; pero a su vez necesitaba situar, en esa realidad dada, ciertos elementos que me interesaba relacionar entre sí, por lo que mis previsiones sólo eran posibles dentro del ámbito de la ficción.

Fin del circunloquio

Una tarea fundamental para definir el proyecto era encontrar los escenarios donde pudiera ubicar la ficción. El principal debía ser, sin duda, un teatro al aire libre. Vi teatros en Nablus, en Belén, en Jerusalén y en Ramala. En esta última ciudad, el denominado Palacio Cultural se alza sobre una colina a las afueras de la ciudad. Es un edificio que se inauguró en 2004, construido con la cooperación del gobierno japonés para albergar todo tipo de eventos culturales (conciertos, exposiciones, representaciones de teatro, proyecciones de cine…). Su disposición interior y exterior dan suficiente juego; podría ser el espacio indicado.

Al levantarme una madrugada, poco antes de dirigirme a la estación de autobuses de Jerusalén para llegar a mi trabajo en Nazaret, encontré un papel con un lacónico mensaje: “Mahmud Darwich ha muerto”. Había ocurrido en Houston, Texas, el 9 de agosto de 2008. Tras el rodaje de Nazaret, cuatro días más tarde, llegué a tiempo para asistir a los últimos instantes de su funeral en Ramala, donde quiso ser enterrado, justamente en lo más alto de la colina donde se sitúa el Palacio Cultural.

El poeta del desarraigo palestino había encontrado por fin su lugar.

Anuncios

Un comentario en “Encontrar un lugar

Los comentarios están cerrados.